Mi nombre es Facu Zelaya, podríamos decir que un amigo de la casa si hablamos de Patagonia Run. Después de 3 ediciones corriéndola y habiendo trabajado con la organización he tenido la posibilidad de conocer el esfuerzo, las ganas y el profesionalismo con que se hace esa carrera.

Este 2019, era mi tercera corrida en San Martín de los Andes. La primera fue en el 2017 en 70 kilómetros, luego vinieron 105 en 2018 y este año el plan eran 42 a fondo, pero no había cupo y fui por unos nuevos 70. No quedaba otra, había que apechugar!

No pasa nada perro, has entrenado mucho y la corrés con la experiencia me dijeron algunos amigos. Silencio….si silencio, esa fue mi respuesta. Mi cabeza estaba entre la familia, el trabajo, el entreno y la vida misma que por etapas suele ser una gran cuesta.

Check in hecho, volé hasta Neuquén, con los amigos Pedro y Federico. Luego en un auto alquilado fuimos hasta San Martín con mates de por medio que sumó el pelado Herrera que se sumó en el aeropuerto, haciendo del viaje una linda experiencia.

Siempre es bueno compartir las cosas que a uno le gustan con amigos y llegar a ese pueblo cada año, es una emoción tan linda que solo los que corremos esa carrera podemos describir. Una especie de primer amor que volvés a revivir con nuevas emociones cada edición.

El clima estaba perfecto y la organización había planeado una serie de actividades para los días previos que me mantuvieron bastante ocupado cubriendo para Minuto Run.

Este año el dorsal cambió el clásico material tyvek por lona PVC, un material especial para carreras de condiciones extremas y mucho más transpirables. Un dato no menor para los que los guardamos como trofeos de cada batalla y kilómetro recorrido. Las remeras del kit, siguen siendo las mejores de todas las carreras, esa que usás para entrenar, la lavás, la volvés a usar y así sucesivamente sin que se estire, se ensanche y se destiña. Un éxito!

Para la foto de regalo, casi no hubo tiempo. En el último día quedando 30 minutos fui hasta la Sala Municipal de Exposición “Lidaura Chapitel” a sacármela y disfruté de la muestra «10 años en imágenes» Una exposición fotográfica donde el espíritu de Patagonia Run queda plasmado en fotos de diferentes profesionales.

Llegó el día viernes. A las 11 am largaban las 100 millas que ganó el catalán Pau Capell y fuimos a verla. Ahí la tensión está casi al tope. Me emociona tanto esa largada que después de que los corredores salen, dan ganas de ir a cambiarse y largar, pero mi largada era recién a las 2 am del sábado.

Obviamente no dormí. Una hora de siesta fue lo que puede descansar para que la ansiedad bajara y todo estuviera listo para ir hasta el Hotel Leville, desde donde trasladaban a los corredores a Plaza de Armas del RCM4, donde era la largada.

Fuimos con mi amigo galleta. Yo acostumbrado a llevar el rompeviento en la espalda para usar en las cumbres, seguí ese plan pero iba bastante desabrigado. Llegamos y el gran desayuno de siempre nos recibía a pleno y tomé un café para entrar en calor.

Faltaban 15 minutos para la largada. Nos metimos en zona del arco y esperamos la cuenta regresiva que te pone los pelos de punta. El frío ya no estaba presente. La mente se pone casi en blanco. Sabés que te quedan más de 10 horas de carrera por delante. Tenía pensado una carrera progresiva, de menos a más y cuidando piernas para después poder correr los últimos 30 kilómetros.

Por desgracia nada de eso pasó. Largué bien, iba a buen ritmo pero sin volverme loco. Pasé por el PAS Rosales y Portezuelo solo para recargar algo de agua y sin perder tiempo. La idea era llegar al PAS Colorado en 3 horas pero después dije que si demoraba entre 3:30 y 4 horas de carreras estaría bien. Podía recuperar en el final.

Todo marchaba bien, hasta que casi saliendo del bosque antes de encarar la cumbre, personal de carrera me dice: Abrigate, tenés rompeviento? vas a encarar la cumbre y el viento está fuertísimo! Si le dije, me detuve y me abrigué.

Lo que nunca imaginé fue que el frío y el viento iban a hacer tan fuertes. He hecho cumbre en el Colorado con nieve y con lluvia, pero claramente el viento casi nevizcando era peor. No sabía como ponerme el buff para que no se me volara la capucha. Ahí la cabeza me empezó a dar batalla, y el frío a hacerme pasar un mal rato. Pensé en que hacía ahí, qué necesidad, cuándo se termina. No eran las piernas, era la cabeza!

Bajé al puesto Colorado 1. Llevaba 3.45 de carrera. Me tomé una sopa, y me senté. Creo que ese fue un error. Estaba con frío y pensando en colgar la toalla. Me cambié la primera piel, el buff del cuello y cabeza y me tomé unos 15 minutos para ver qué hacía. En ese entonces había entrado en una batalla 1 a 1 conmigo mismo. Una encrucijada que si no tenés determinación realmente no le ganás a tu propia cabeza.

Me repuse, seguí. Encaré el Centinella, subí a buen ritmo y bajé muchísimo mejor. Me había amigado con la carrera. Me sentía cómodo subiendo cuando la Petzl Tikka de 350 lúmenes me dio un aviso de batería baja. No entendía por qué había durado tan poco tiempo. Quizás fue el frío. El primer pensamiento fue, si no tengo luz no puedo subir el Quilanlahue, ya que el otro frontal no lo había agarrado en el puesto. Si no tenía luz no iba a esperar a que amaneciera, iba a perder tiempo y ya ahí sumaba otra razón más para guardarme en el bolsillo mi primer DNF (Did Not Finisher)

El frontal aguantó, llegué al puesto Quilanlahue y encaré la tercera y última cumbre. Ese cerro la gente lo sufre. A mi realmente en los 3 años que lo he subido, no me ha sido una gran carga. Hay que tomárselo con paciencia y pensar que lo mejor está por venir.

Descendí a buen ritmo y ya en el kilómetro 50 las rodillas fueron el condimento que le faltaba a la carrera. Empezaron a sentir el cansancio. Me empecé a quedar sin piernas. En el circuito encontré varios partners para pasar el rato y tirar. Por suerte el Galleta (Fede González) apareció en el 44 aprox. Corrimos los 30 kilómetros restante juntos. Ir acompañado te ayuda a que cuando uno está por aflojar el otro lo tire.

Me costaba bajar, pero podía correr en llano y subidas. Se me hizo largo el último tirón. Por suerte o desgracia, no sé, el camino es conocido. Sabía que quedaba la calle y los escalones del final para bajar al pueblo. Ahí estaba con lo justo. El Tano Marcerou, apareció en el camino, venía de los 110k, nuevo, haciendo chistes, un titán. Se sumó a nuestro ritmo y entramos al tramo final.

Cuando vas entrando al pueblo y la gente te dice muy bien esos 70, te aplaude, y te arenga como si fueras un Capell, vas siempre con el nudo en la garganta. El esfuerzo se terminó, una nueva meta, una nueva medalla se van con vos. Ahí pensé en mis hijos, en el video que me mandaron deseándome suerte. Pensé en ellos, solo en ellos, ahí las piernas ya no dolían, simplemente estaban anuladas. El corazón mandaba.

Cruzamos, nos abrazamos, nos sacamos una foto. Un nuevo Patagonia Run teníamos en la mochila. Con frío, con esfuerzo, en lo personal con mucha tarea en casa y cosas para mejorar. Contento por haberle ganado a la cabeza. Contento por haber corrido con el corazón.

Vuelta de página. A entrenar de nuevo. La vida son experiencias!